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¿Por qué algunos somos violentos?
[ 15 de August de 2010 ]
 

El domingo pasado, en la lectura matutina de este diario, encontré la noticia refiriéndose a Gèlver Ramos Suárez: “Lo mataron dentro de su casa”. Estas situaciones nos obligan a pensar. ¿Por qué es tan recurrente en Cartagena? No es lo mismo hablar de la violencia, que intentar explicar por qué somos tan violentos, siendo que tenemos pueblos, con mayores problemas que los nuestros y no desprecian la vida como lo hacemos nosotros.

Para vislumbrar alguna luz tenemos que partir, sin autoengaños, de esta ambigüedad fundamental: por una parte, Cartagena está llena de conflictos, pero en otro sentido, es un tejido que deseamos en orden y en paz. Lo único claro es que ninguno de estos dos aspectos consigue erradicar al otro. Se mezclan, y se mantienen en un equilibrio difícil y dinámico.

El arte consiste en mantener esa tensión, buscando aquella convergencia de energías que permite el surgimiento de la paz, fruto de instituciones mínimamente justas e incluyentes, y de ordenamientos sociales sanos, custodiados por un Estado que vela por el equilibrio de las tensiones, usando legítimamente la coerción cuando es necesario. Si esta búsqueda de equilibrio no se da, la sociabilidad sería imposible y nos exterminaríamos unos a otros.

En los últimos cinco años, avanzando con las comunidades Montemarianas, estas nos han enseñado que la paz resulta de la administración de los conflictos usando medios no conflictivos, porque en la construcción de la paz, los intereses colectivos deben sobreponerse a los individuales, la multiculturalidad ha de prevalecer sobre el etnocentrismo y la perspectiva global ha de orientar la local. Hoy se nos reclama realismo y sinceridad. En Cartagena hay violencia porque la llevamos por dentro en forma de rabia, de envidia y de odio. Lo grave es que no siempre logramos contenerla.

La explicación de la agresividad ha desafiado a los más agudos pensadores. Sigmund Freud parte de la constatación de que existen dos pulsiones básicas: una que afirma y exalta la vida (Eros) y otra que tiende hacia la muerte (Thánatos) y sus derivados psicológicos, como los odios y las exclusiones. Para Freud la agresividad surge cuando el instinto de muerte se activa por alguna amenaza que viene de fuera. Alguien puede amenazar a otro y querer quitarle la vida. Entonces el amenazado se anticipa y pasa a agredir y eventualmente a eliminar a quien le amenaza.

Otro pensador contemporáneo, René Girard, afirma que la agresividad proviene de la permanente rivalidad existente entre los seres humanos. Esta rivalidad crea tensiones y elabora siniestras complicidades. Al concentrar en alguien toda la maldad y toda la amenaza, la sociedad lo convierte en un chivo expiatorio. Todos se unen contra él para apartarlo. Esta unión instaura una paz momentánea entre todos los contendientes.

Deshecha la paz, se inventa un nuevo chivo expiatorio y nuevamente se crea la unión de todos contra él y se rehace la paz perdida.

Los antropólogos también nos han ayudado a entender la agresividad. Nos aseguran que somos simultáneamente sapiens y demens. Portamos tanta inteligencia como energías interiores orientadas hacia la generosidad, la colaboración y la benevolencia, pero al mismo tiempo somos portadores de demencia, de exceso, de pulsiones de muerte. La pregunta es: ¿cómo construir la paz? La paz sólo triunfa si nuestro proyecto de vida es la cooperación, la solidaridad y el amor. La cultura de la paz depende del predominio de estas positividades y de la vigilancia que las personas y las instituciones mantengan sobre la otra dimensión, siempre presente, de rivalidad, de egoísmo y de exclusión. Manos a la obra.


Padre Rafael Castillo Torres
Director Ejecutivo
E-mail: director@fmontesdemaria.org

 
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