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Región
y Modelo de Gobernabilidad Democrática
De manera complementaria
a que el desarrollo regional se conciba
como un complejo sistema de relaciones
mutuas -y proactivas-, entre cuatro
subprocesos (económico, social,
cultural y político), valores
y principios democráticos reconocidos
por la teoría política
y el constitucionalismo, y por lo
tanto hoy irrefutables, como la autodeterminación
territorial, la participación
ciudadana, el pluralismo y el multiculturalismo
-sumados a los ya clásicos
postulados de libertad, igualdad y
solidaridad-, indican que le corresponde
a las mismas regiones pensar, decidir,
planear, construir y poner en marcha
su propio modelo de desarrollo integral.
Y, sobre todo, crear su propia conciencia
regional, sin la cual sería
imposible asumir un compromiso pro-regional
en pos del desarrollo, a partir de
su articulación con otro actor
importante e imprescindible del proceso:
el Estado.
Y es que, como lo
anota Boisier,
“...la articulación
entre el Estado (como aparato público)
y la región (en tanto actor
social) resulta decisiva en los esfuerzos
por promover un auténtico desarrollo
regional. Sea cual fuere la cantidad
de recursos que el Estado vuelque
en una región, no conseguirá
su desarrollo si ésta carece
de una sociedad regional, compleja,
con instituciones verdaderamente regionales,
una clase política, una clase
empresarial, organizaciones sociales
de base, proyectos políticos
propios, capaz de concertarse colectivamente.
Es por ello que se produce una contradicción
en los términos cuando se supone
que el Estado puede por sí
solo “desarrollar” una
región”.
Por lo tanto, una
condición política que
se muestra sine qua non para generar
espacios ciudadanos de discusión
y decisión, en torno a la sociedad
que tienen y quieren las regiones,
es la democracia. Pero, ¿cuál
democracia? ¿La fundada en
el centralismo? ¿La formal
del frío texto constitucional?
¿La de los “políticos”?
¿La sustentada en el clientelismo
y la corrupción político-administrativa?
¿O una democracia reinventada
a partir de la permanente deliberación
y participación ciudadana?
Con un análisis extra: para
el caso colombiano, reinventar la
democracia es tanto como fundarla.
Estas dificultades
para madurar una adecuada democracia
traen consigo otros problemas: falta
de legitimidad, inestabilidad política,
caudillismo, inequidad, exclusión,
pobreza, apatía y desconfianza
ciudadanas, para citar algunas de
las más delicadas. Esta última
situación (apatía y
desconfianza), tiene íntima
relación con lo que Aranguren
considera uno de los grandes problemas
de la democracia (que él plantea
en términos de democracia representativa):
la conversión del hombre en
ciudadano.
“Para que exista
realmente una democracia representativa
no basta con que los ciudadanos nombren
sus representantes. Han de hacerlo
responsablemente. La democracia no
es un simple asunto estadístico,
el de que la mayor parte de los ciudadanos
cumplan exteriormente los deberes
políticos (o, dicho de otro
modo, ejerzan externamente los derechos
políticos) que les son impuestos
(o reconocidos) por la Ley. Por ejemplo,
en un país de irresponsabilidad
política ciudadana o de caciquismo
y compraventa de votos, no habría
realmente democracia, aun cuando todos
los ciudadanos votasen y, en general,
realizasen los actos políticos
que les incumben. Para que haya una
verdadera democracia, lo hemos visto
ya, tiene que producirse una auténtica
conversión del hombre privado
en hombre público. Cada ciudadano
ha de anteponer el interés
del Estado a su interés particular;
más aún, debe vivir,
obrar y pensar, ante todo, para la
patria”.
Así las cosas,
parece también irrefutable
que superar esta situación
supondría el fortalecimiento
democrático de la gobernabilidad
local y regional. O lo que es lo mismo:
entender el sistema político
territorial como un cuerpo vivo y
dotarlo de la capacidad necesaria
para abordar la solución y/o
manejo de los problemas sociales y
económicos de la población,
así como de un aparato administrativo
cuyos agentes no sólo actúen
con transparencia, eficiencia y eficacia,
sino de la mano de una ciudadanía
activa y comprometida con su destino,
para generar el ambiente de estabilidad
y legitimidad políticas requerido
para suscitar el desarrollo integral
de las comunidades.
Este fortalecimiento
de la gobernabilidad democrática
implica, como lo afirma Prats, “la
generación de acuerdos y consensos
que permitan construir la referida
masa crítica. Ello supone,
a su vez, la práctica del diálogo
en todos sus frentes: entre actores
políticos formales, formadores
de opinión y medios de comunicación,
interlocutores y organizaciones sociales”.
Dicho de otra forma, la calidad y
cantidad de la gobernabilidad democrática
dependerán de la calidad y
cantidad de los protagonistas del
DEBATE PÚBLICO, lo que ha venido
convirtiéndose en la principal
preocupación de aquellas comunidades
ansiosas y deseosas de un verdadero
cambio positivo en sus condiciones
de vida social. Huelga concluir que
la calidad y cantidad de la democracia
que tenemos no parecen ser las mejores.
Se trata, por lo visto, de un problema
común a los países subdesarrollados,
en donde, por fortuna, han surgido
o resurgido algunas nuevas formas
de entender y asumir la democracia,
para darle contenido y sentido, y
conectarla con el desarrollo integral
de la población.
Pero, ¿qué
entender por una democracia con contenido
y sentido? Más allá
de la democracia entendida como una
forma de gobierno basada en la regla
de la mayoría, Sartori parece
sugerir una buena respuesta a tal
pregunta:
“Decimos democracia
para aludir, a grandes rasgos, a una
sociedad libre, no oprimida por un
poder político discrecional
e incontrolable ni dominada por una
oligarquía cerrada y restringida,
en la cual los gobernantes “respondan”
a los gobernados. Hay democracia cuando
existe una sociedad abierta en la
que la relación entre gobernantes
y gobernados es entendida en el sentido
de que el Estado está al servicio
de los ciudadanos y no los ciudadanos
al servicio del Estado, en la cual
el gobierno existe para el pueblo,
y no viceversa”.
Como puede notarse,
el postulado clave para desarrollar
un modelo eficiente y suficiente de
gobernabilidad democrática
es el de la responsabilidad, concebida
en una doble vía: el de una
ciudadanía que actúa
“responsablemente” consigo
misma, como lo pide Aranguren; y el
de unos gobernantes que no sólo
rindan cuentas, sino que “respondan”
frente a los gobernados, como lo exige
Sartori. Y en medio de ambos, y a
manera de vasos comunicantes, unos
partidos y movimientos políticos
que, inspirados éticamente
en los movimientos y organizaciones
de la Sociedad Civil, actúen
sobre sólidas bases ideológicas
y programáticas, rindan cuentas
y, por supuesto, también le
“respondan” a la ciudadanía.
Y, como dispositivo articulador de
estos actores políticos “responsables”,
un modelo de gobernabilidad democrática
que, entendido como un cuerpo vivo,
pueda así mismo “responder”
a la demanda de desarrollo humano
integral de las sociedades tercermundistas
de hoy.
Así las cosas,
varios han sido los modelos democráticos
alternativos -y exitosos- que buscan
darle un aire de responsabilidad al
debate público, la democracia
y el desarrollo integral, especialmente
en los países en vías
de desarrollo. Entre ellos que cabe
mencionar:
-
El presupuesto
participativo de Porto Alegre,
una fórmula de participación
ciudadana en la gestión
del desarrollo local, puesta en
marcha en esta ciudad (capital
del Estado de Río Grande
do Sul, Brasil), por el Partido
de los Trabajadores, PT, en el
que la Alcaldía concierta
con las comunidades la planeación
y ejecución de obras de
desarrollo, entregándole
a la gente la capacidad real de
decidir y fiscalizar el gasto
público social.
-
Los panchayats
de la India, o asambleas populares
participativas de planificación
de abajo a arriba y autogobierno
local, de origen consuetudinario
-pero reconocidas constitucionalmente
en 1992-, que coexisten con las
instituciones y corporaciones
públicas de raigambre occidental
entronizadas por los ingleses;
-
Las asambleas
y/o procesos constituyentes, ya
sean locales, departamentales
y/o regionales, que nacen en Colombia
en 1998 a partir de la experiencia
de Mogotes (Santander). Por ser
un “producto” hecho
a la medida de nuestra compleja
realidad, a continuación
se presentará para su discusión
este modelo de gobernabilidad
participativa, como una propuesta
valedera para la región
de los Montes de María,
no sin antes recurrir a una frase
provocadora de Sartori: “Quien
discute de democracia acaba por
discutir de soberanía popular,
igualdad y autogobierno”.
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